El spot se abre en un espacio íntimo y reconocible: Marta en su casa, a primera hora de la mañana. Mientras toma un café, cambia los canales de la televisión. La pantalla no se muestra en ningún momento, pero su sonido está presente a través de varios cortes de informativos que atraviesan la escena. Son noticias que afectan directamente a la vida cotidiana: titulares encadenados, voces que hablan de escándalos políticos y de servicios públicos deteriorados tras años de privatizaciones. El relato confronta modelos de gestión y de país, especialmente los representados por los gobiernos autonómicos del Partido Popular y Vox, concretados en ejemplos como los fallos en los programas de cribado de cáncer de mama, las listas de espera convertidas en negocio o el juicio del caso 7.291, que investiga la gestión de las residencias durante la pandemia en la Comunidad de Madrid.
Desde ese punto se inicia una reflexión interior. El spot avanza desde un lugar poco habitual en la comunicación política: no comienza con una promesa ni con una denuncia explícita, sino con una certeza compartida.
Hay pocas certezas en la vida.
Una es que un día
todos y todas enfermaremos.
Hay momentos en los que la política parece irrelevante —cuando todo funciona, cuando no duele—, pero esa indiferencia se rompe en cuanto el cuerpo falla. Entonces aparece la pregunta de fondo: si la vida es un derecho garantizado colectivamente o una variable dentro de una cuenta de resultados. Si nos cuidan o nos administran.
El foco se desplaza del individuo al sistema. Bajo la idea de “cuando el cuidado se rompe”, el spot muestra cómo las grietas del sistema y su incapacidad para responder a necesidades esenciales generan incertidumbre vital, que se transforma en miedo cuando no existen alternativas claras. Ese miedo es el terreno fértil para la penetración de los discursos de la extrema derecha, que en lugar de señalar al poder económico dirigen la culpa hacia el último, hacia el inmigrante, como supuesto responsable de la precariedad. El miedo busca un culpable, aderezado con falacias sobre la inseguridad.
Cuando el cuidado se rompe,
el miedo busca un culpable.
Que el problema es el que tienes a tu lado.
Que tu precariedad tiene su rostro.
O mi miedo…
el tuyo.
El conflicto se formula en clave de clase. Mientras quienes están abajo se enfrentan entre sí —asustados, fragmentados, aislados—, unos pocos se apropian de lo que es de todos. La narrativa visual contrapone escenas de odio y agresividad con imágenes abstractas de poder y beneficio, personificadas en figuras fácilmente reconocibles, como el hombre más rico del mundo realizando ante los medios un saludo nazi. El “ellos” no aparece como caricatura individual, sino como estructura.
Frente a esta estrategia de división de la clase trabajadora, utilizada de forma sistemática por la extrema derecha, el spot introduce una afirmación central: más allá del origen, el acento o el color de piel, existe una misma clase que sostiene la vida. La que crea, cuida, levanta… y vuelve a levantarse. La cámara muestra trabajo real y cuidados en acción. No idealiza: dignifica. Y recuerda algo fundamental: existen migraciones internas y externas; todos y todas somos migrantes. La clase que siempre es expulsada de su tierra. Una experiencia profundamente arraigada en Aragón, marcada por la despoblación, la migración forzada y el abandono del territorio no como elección, sino como consecuencia.
El spot conecta esta realidad con otros modelos de gestión y con el riesgo de su profundización en Aragón: alertas que llegan tarde, excusas que preceden a las sirenas. Imagen y sonido dialogan con tragedias recientes como la DANA y su gestión caótica.
Además, subraya que las catástrofes no afectan por igual: no todos vamos en el mismo barco ni los últimos serán los primeros. En la DANA, y en las crisis futuras que inevitablemente llegarán, quienes más sufren son siempre los mismos: la clase trabajadora. Es el merca
En este punto aparece una segunda capa del conflicto contemporáneo: la guerra cultural. El spot habla de “cantos de sirena” de forma literal y simbólica. Promesas de riqueza rápida, de viviendas que se pagan solas, de salvación individual a través del mercado. No se ridiculiza a quien cree en ellas; se señala el engaño estructural: se vende un futuro inaccesible para que se defienda un sistema que nunca permitirá alcanzarlo. Un sistema que necesita precisamente que no se llegue a ese lugar. Así, en vez de combatirlo, se lo protege: se defiende una promesa diseñada para no cumplirseEl tramo final introduce una épica contenida, no triunfalista. El feminismo aparece no como consigna, sino como frontera ética. Ante la acusación de “ir demasiado lejos”, la respuesta es serena y firme: demasiado lejos nunca será suficiente. La imagen acompaña con generaciones que vienen, con mujeres, con futuro.
La referencia a La sal de la tierra funciona como hilo simbólico y recupera un imaginario cultural de clase deliberadamente ocultado. Es un guiño directo a la película de Herbert J. Biberman sobre la huelga de los mineros de zinc en Nuevo México (1951–1952). La clase trabajadora aparece ligada al territorio, a la dureza y a la belleza no domesticada. Aragón no se presenta como postal, sino como memoria política: desde Juan de Lanuza —no hay Felipe bueno— hasta las fechas que marcaron resistencia, autogobierno y lucha colectiva.
Los nombres propios y los lugares se pronuncian en plural, porque fueron colectivos. Elementos presentes en la historia aragonesa, trasladados aquí al terreno de la resistencia popular y no al historicismo complaciente que oculta a los pueblos. Desde los idus de marzo, frente al imperio, hasta el 5 de marzo, como fechas que condensan conflicto y memoria viva.
El spot culmina confrontando la idea de convertir Aragón en una colonia tecnológica y energética —del Pirineo al Maestrazgo— con la defensa del territorio como hogar. Frente a la lógica extractiva y las macroestructuras, se reivindica el derecho a decidir, a diversificar y a arraigar. El cierre es poético: preferir ser quijotes antes que ocupar el horizonte. Soñar con gigantes antes que resignarse a las estructuras.
El cierre visual: estar en pie
El tramo final prescinde deliberadamente de palabras. Tras recorrer la fragilidad, el conflicto y la conciencia colectiva, la imagen toma el relevo. El montaje se abre. Aparecen planos más amplios, más luminosos, más verticales.
La idea que articula este cierre es sencilla y poderosa: estar en pie.
Las personas no celebran ni vencen; se mantienen erguidas. Cuerpos firmes, miradas al frente, pasos decididos. La cámara acompaña desde abajo o desde lejos, reforzando la verticalidad y el arraigo. No hay gestos heroicos ni grandilocuentes: hay dignidad. La dignidad de quien no se rinde.
Los planos aéreos no funcionan como espectáculo, sino como confirmación de escala. Territorio, paisaje y comunidad se muestran como una misma cosa. Aragón aparece como tierra habitada, defendida y sostenida por su gente. Una tierra que no se inclina ni se vacía.
Este cierre dialoga directamente con la última frase pronunciada: “erguida con el valor de la gente”. La imagen no la ilustra: la encarna. El espectador no recibe una consigna, sino una sensación física y emocional: la de un pueblo que, pese a todo, sigue en pie. No promete victoria ni éxito inmediato. Promete algo más profundo y creíble: continuidad, resistencia y presencia.


